Las horas intempestivas del traductor

9 de febrero de 2016

Fuente: aquí
Esta soy yo. Como platos tengo los ojos (y, además, bien ojerosos) de no dormir. Menudas horas son estas para estar trabajando, para escribir esta entrada y para estar en cualquier sitio que no sea la cama. Me hace mucha gracia cuando la gente que trabaja en una oficina con un horario definido se queja de que sale diez minutos tarde del trabajo, de que ha habido mucho lío o de que, ohdioses, ha tenido que ir un sábado a currar. No, en realidad no me hace gracia, porque sé que es un fastidio, lo que en realidad me pasa es que dentro de mí se crea una sensación de «ay, si yo tuviera un horario fijo y pudiera llegar a casa de la oficina y desconectar por completo...»

Me encanta el mundo de la traducción, adoro mi trabajo, pero pienso sin duda que lo peor de mi trabajo es el horario (bueno, y el no saber si el mes que viene tendré un encargo). Trabajo día y tarde, como la mayoría de las personas. Sí, tengo un horario muy flexible porque puedo organizarme cuando quiera, pero cuando el trabajo ya pesa y las horas faltan, ay. Mañana, tarde, noche, madrugada, fines de semana y festivos. Y porque no hay más. Y digo yo, qué a gustico están mis familiares ahora, todos en la cama, y qué silencio más agradable. Y yo aquí, escribiendo ahora esta entrada, sí, pero porque estoy haciendo un descanso, que justo antes he estado traduciendo y justo después estaré corrigiendo. A qué hora me acostaré es un misterio, pero sí sé a qué hora me levantaré: temprano, porque tengo trabajo.

En realidad no es tan malo como lo pinto, es cuestión de organización, pero hay veces en las que estás tan contenta porque lo llevas todo al día y de repente te sale un encargo que no esperabas y no puedes rechazar, y para el que tienes muy poco tiempo. O te encuentras con unas dificultades horrendas en la traducción. O, simplemente, surge algún imprevisto, que cualquier persona tiene permiso en el trabajo si está enfermo o tiene que ir a al médico, pero si eso me pasa a mí tengo que reorganizarme y, posiblemente, agobiarme. La vida del traductor, aunque supongo que la misma de cualquier autónomo que trabaje por su cuenta en casa.

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