Trabajar en cuarentena

9 de abril de 2020


A principios de esta semana escribí una entrada en mi blog literario (que podéis leer haciendo clic aquí) acerca de cómo han cambiado nuestros días con esta nueva situación y si eso nos ha llevado a leer más. En ella comentaba que mi rutina no ha cambiado mucho, pues yo trabajo en casa y para mí el teletrabajo es el pan de cada día. No, no tengo ahora más tiempo libre y mi diario de lunes a viernes es prácticamente el mismo que antes (solo que trabajo un poco más por la mañana y un poco menos por la tarde y que no puedo salir al gimnasio ni a hacer la compra). Sí han cambiado los fines de semana, claro, al menos esos en los que no tengo que trabajar.

Y es a partir de ahí donde quiero retomarlo en este blog. Porque en Arte literario hablo de temas relacionados con los libros y hoy quiero hablar de la situación que estamos viviendo, pero vinculada al trabajo. Es cierto, mi rutina a este respecto no ha cambiado apenas: trabajo por la mañana delante del ordenador y por la tarde más de lo mismo. En casa. Así ha sido siempre. Pero antes paraba a las siete y media para arreglarme e ir a la clase de las ocho del gimnasio (ahora paro a las ocho menos cuarto para prepararme para la ronda de aplausos a los sanitarios) y también salía de vez en cuando a hacer tareas como ir a comprar o a ver a mis padres. Ahora si paro es para sentarme en el sofá, delante de otra pantalla. O para hacer ejercicio, sí, pero en casa. Pero todo dentro de este piso pequeñito en el que vivo que ni siquiera tiene balcón.

Y ahí es donde quiero llegar. Que no haya cambiado mi rutina de trabajo no quiere decir que no haya cambiado nada. Trabajar en casa es lo que siempre he llevado peor de este oficio que tanto me gusta; pasar días delante del ordenador, a veces no salir para nada, no relacionarme con otras personas. Y es por ello que siempre he compensado este «aislamiento» con los fines de semana. Pocos son los que me quedo en casa encerrada, suelo tener planes chulos, comer fuera, hacer alguna escapada por ahí. Esos dos días son los que me dan siempre la energía suficiente para afrontar la semana. Ahora pasan los días y llega el fin de semana, y a veces hasta me pongo a trabajar por aburrimiento, por no pasarme el día sin hacer nada. No ha cambiado mi rutina de trabajo, ha cambiado el ánimo con el que trabajo, porque ahora los lunes son un día más con una tarea pesada por delante y muuuuchas horas que se hacen muuuuuy largas. Sin ilusión por un fin de semana y con un sentimiento de añoranza por toda la gente a la que no veo que cada día va haciéndose más pesado.

Tengo un trabajo que me encanta, que disfruto ejerciendo. Los lunes a mí siempre me han gustado porque he llegado con las pilas cargadas. Ahora, sin embargo, todo pesa y el trabajo ya no tiene esa luz que ha tenido siempre. Agradezco contar con él porque no sé qué haría si no tuviera que trabajar y los siete días de la semana fueran tal y como son ahora los fines de semana; me volvería loca, seguro. Agradezco no tener que salir a la calle a trabajar como hace mi pareja porque me da miedo poner un pie en la calle (y que lo ponga él, dicho sea de paso). Agradezco no estar como tantos otros sin trabajo en casa, con la incertidumbre de qué pasará y horas muertas sin hacer nada. Y ese es mi lado bueno de todo esto, supongo.