Hoy os hablo de mi trabajo

14 de septiembre de 2017

¡Buenos días! Hace casi un año que no escribo en este blog. Pensaba que podría compaginarlo bien con mi otro blog, pero no ha sido tan sencillo, además de que, últimamente, también se ha visto un poco resentido mi querido Arte literario. No digo que esto sea un regreso en toda regla, pero me apetecía publicar esta entrada y creo que es aquí, en La memoria del traductor, donde tiene que ir. Intentaré que no pase otro año hasta la próxima entrada, os lo prometo.


En los últimos meses, he ido recibiendo correos electrónicos y mensajes por redes sociales de gente que se interesa por mi trabajo. Como sabéis, soy traductora literaria... vaya, que traduzco libros. Es algo que, por suerte, la gente joven entiende y conoce, pero probad a explicarle a la vecina del tercero de ochenta años que «sí, que trabajas, que ya hace años que acabaste la carrera, pero que trabajas en casa; sí, en casa, aquí en mi ciudad, y en mi misma casa. ¿Que qué es eso de traducir? Pues mire, lo que yo hago es trasladar al español un libro que está en otra lengua para que usted pueda leerlo. Sí, ya se lo he dicho, trabajo en casa y el trabajo lo mando por Internet». Hay mucha gente que no entiende el concepto ese de trabajar en casa delante de un ordenador, de no tener jefe, de no conocer a tus clientes más que por vía electrónica. Y los que lo entienden muchas veces no respetan que, aunque no trabajes de nueve a dos y de seis a nueve, tienes un horario; un horario que tú te pones, pero un horario al fin y al cabo, y que trabajo que no hagas hoy, tendrás que hacerlo mañana por la noche. Qué bonito es eso de «oye, acompáñame a tal sitio tú que puedes porque estás en tu casa» y, claro, como nadie te controla, puedes saltarte los horarios laborales a la torera. ¿Y eso de «pobrecito Fulano (insértese aquí el nombre de tu pareja, tus amigos o tus familiares que sí tienen un horario establecido), que tiene que madrugar para trabajar, y comer rápido, y no puede dormir siesta y luego sale tan tarde, ay, qué lástima, normal que esté tan cansado»; o lo de «tú no te preocupes, Mengano, échate un ratito en la cama, que tú tienes que ir a trabajar esta tarde, ya nos encargamos nosotros de recoger». Ay, cuánta frustración albergo en mi interior, os lo prometo, y es que he sentido tantas y tantas veces que mi trabajo es considerado por los demás como una distracción, un hobby, «esa tontería a la que se dedica la niña, ya se le pasará y encontrará un empleo de verdad». Yo trabajo de ocho a una y media y de cuatro a ocho, más o menos, excepto esos días en los que estoy más liada de lo normal y tengo que trabajar también por la noche, pero a mí nadie me dice «pobre, la una de la mañana y ella ahí trabajando todavía cuando mañana a las siete y media tiene que estar en pie otra vez, para trabajar». Porque yo trabajo en casa, sin jefes, sin horario. A mí me han llegado incluso a decir cosas como «¿cómo vas a comparar? lo bien que vives, si un día no quieres trabajar, pues te lo tomas libre». Ajá, pues yo te respondo que las treinta páginas que no traduzco hoy se convierten en sesenta que tengo que traducir mañana, así que eso de cogerte un día libre no es tan atractivo como parece.

Total, que a eso me dedico, a traducir libros, y es un trabajo que tiene algunas desventajas (no sales de casa, sufres de dolor de espalda crónico, te suben las dioptrías cada dos por tres [precisamente estoy estrenando ahora cristales de gafas con mi bonita dioptría de más], socializas cero patatero, no tienes un sueldo fijo todos los meses), pero que también tiene muchas ventajas maravillosas, y es que para mí el del traductor literario es el trabajo más bonito del mundo, y tengo la suerte de poder decir que trabajo de lo que he estudiado y de lo que me gusta, a pesar de que a veces me den ganas de gritar y clamar al cielo. Adoro mi trabajo y la gente de mi alrededor no va a conseguir cambiar eso. Supongo que los que os dedicáis a esto (o a cualquier trabajo que se lleve a cabo delante de un ordenador en casa) entenderéis todas estas afirmaciones, y a los que queréis dedicaros a la traducción os digo que si os gusta, ¡a por ello! No hay emoción mayor que abrir la puerta a un mensajero que te entrega una caja con tu última traducción publicada, a mí sigue haciéndome una ilusión tremenda.