¿Me escuchas? No te oigo

20 de mayo de 2015


Confieso que el tema del que voy a hablar hoy me ha tocado de cerca y tal vez porque hace tiempo me llamaron la atención es por lo que he aprendido la lección (con rima y todo). Por eso hoy os llamo yo la atención a vosotros, a todos los que confundís los usos de los verbos «escuchar» y «oír». 

Hace ya tiempo, cerca de dos años, hice una prueba de traducción en la que, al traducir, puse frases como «no te escucho», «escuchó el sonido de la puerta», o ejemplos por el estilo. Estoy tan acostumbrada a que la gente a mi alrededor utilice el verbo «escuchar» para absolutamente todo que yo también lo hacía. En la facultad (y en el colegio) nos habían enseñado la diferencia y yo la había aprendido, pero con el paso del tiempo la olvidé y dejé de prestar atención. Hasta que hice aquella prueba de traducción y aquella editora me señaló mi error. Me puse roja, morada y de todos los colores, pero aprendí la lección. 

Me acuerdo justo ahora de esto porque hace poco leí una novela en la que se comete este error constantemente. También es algo que presencio en mi día a día: en persona, por teléfono, en clase, en conferencias, en discursos, en la tele, ¡el verbo «escuchar» está en todas partes! Y ahora que me fijo tanto, me doy cuenta de que en muchos, muchísimos libros se utiliza mal. 

No es lo mismo oír que escuchar; escuchar a una persona, oír un ruido, decirle a alguien que repita algo porque no lo has oído o escuchar con atención un discurso. Escuchar implica atención; oír, no. En su día me dio vergüenza equivocarme y que me tuvieran que rectificar, ahora lo agradezco. 

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